jueves, 7 de diciembre de 2017

Argentina 2017 (VIII): La polarización entre encanto y eficiencia

Argentina 2017 (VIII): La polarización entre encanto y eficiencia

Alejandro Lodi

(Diciembre 2017)

(Viene de “Argentina 2017 (VII): La conciencia de la épica revolucionaria”) .

https://alejandrolodi.wordpress.com/2017/11/13/argentina-2017-vii-la-conciencia-de-la-epica-revolucionaria/)




Hemos visto que el tránsito de Urano sobre el Ascendente de Argentina en 1974 es sincrónico con hechos históricos (con el ritual colectivo del 1ro de mayo en la Plaza de mayo como símbolo) que marcan el surgimiento de una visión revolucionaria, su impacto en la vida política y la reacción conservadora. El presente tránsito por el Descendente (la cúspide de casa VII) desde 2017 permite evaluar la mitad del ciclo que dio inicio en aquellos hechos. ¿Qué evolución tuvo aquel espíritu revolucionario del comienzo de los `70 en nuestra comunidad?

Incluso, considerando que no fue solo un fenómeno local sino mundial, podríamos evaluar el recorrido que tuvo esa corriente de cambio en otras sociedades. En ese ejercicio quizás apreciemos que en Argentina la conciencia colectiva de esa generación -astrológicamente, la generación Plutón en Leo (1939-1956)- ha quedado fascinada con aquella épica revolucionaria, acaso sin profundizar en la tragedia arquetípica Urano-Saturno (el padre devorando a sus hijos, los hijos castrando a su padre), permaneciendo en la interpretación ideológica sin hacer contacto con la trama psíquica. Cristalizados en el encanto de un relato mítico, se resiste la evidencia de los hechos concretos. Replicando la visión del mundo que dio sentido a aquel idealismo juvenil, se evita dar cuenta de los cambios producidos en las sociedades o se persiste en traducirlos con categorías conceptuales anacrónicas.

El tránsito de Urano por el Descendente de Argentina -posterior al que en 2015 hiciera al Sol y a la Luna natales, en tiempos de las últimas elecciones presidenciales- representa un buen momento para preguntarse, por ejemplo, qué significa políticamente hoy definirse progresista o conservador, o que se entiende por izquierda o derecha. En 1974 parecía muy claro lo que esas categorías significaban y la suficiente masa crítica de la sociedad tomó posición. Hoy, en cambio, suenan a categorías fuera de época, forzadas, fantasmales, incapaces de registrar y contener de un modo significativo la conformación actual de la sociedad y los desafíos que se le presentan. Ante nuevos problemas y una situación mundial diferente, han surgido visiones que no encajan en aquellos modelos ideológicos. Nuestra sociedad del siglo XXI requiere organizarse con otras categorías y, sobre todo, con otras percepciones -renovadas, creativas- de la realidad.

Quiero proponerles que meditemos sobre la validez de la polaridad progresista-conservador (incluso, revolucionario-reaccionario) para dar cuenta de este momento histórico. Mi percepción es que esa polaridad ha perdido vigencia, no se corresponde con la realidad o, al menos, necesita ser resignificada: qué es hoy ser progresista o conservador, qué visión resulta revolucionaria o reaccionaria.

Quizás hoy -esa es mi hipótesis- esté en vigencia una nueva polaridad: encanto-eficiencia.

Por cierto, como en toda polaridad, su vivencia puede traducirse en una tensión excluyente en la que cada polo tiende a negar al otro. Es decir, la polaridad encanto-eficiencia también puede polarizarse: que el encanto implique la negación de la eficiencia y que la eficiencia implique la negación del encanto.

Desde mi punto de vista, creo que en 2015 se cierra un período histórico sostenido en un potente encanto, pero que termina mostrando una baja eficiencia. Y a partir del 2015 estamos en el proceso inverso: la pretensión de eficiencia con bajo encanto. Me parece muy visible la necesidad de ver encanto y eficiencia como una dinámica de polaridad antes que como polarización. En polaridad, el encanto necesita de eficiencia y la eficiencia necesita de encanto. Me parece que durante el ciclo político anterior se subestimó la eficiencia y que en el actual se subestima el encanto. Se trata de la polaridad Virgo-Piscis y de su polarización: que la épica encantadora no renuncie a la eficiencia, que el anhelo de eficiencia no renuncie a la épica. La épica eficiente, antes que la justificación de que “por épicos no resultamos eficientes”. La eficiencia épica, antes que la justificación de que “por eficientes desistimos de todo encanto”.

Pero, la eficiencia es opuesta al encanto…

Bueno, esa es la percepción polarizada. Pero creo que es evidente que se trata de dos polos en relación. No existe encanto sin eficiencia, ni eficiencia sin encanto. Quiero decir, cuando la visión del encanto es poco eficiente pierde su encanto y es muy difícil que subsista; del mismo modo, si la pretensión de eficiencia resulta absolutamente desencantadora pierde eficiencia y no tiene chances de sostenerse.

De acuerdo con la carta de Argentina, nos gusta mucho más el encanto que laeficiencia…

Es posible. Pero tengamos en cuenta el sentido positivo del encanto. Podemos trasladarlo a una relación amorosa. Un vínculo de pareja tiene que tener cierto encanto y eficiencia. Si es puro encanto, no sobrevive al primer fin de semana juntos… (Risas). Pero si es sólo sentido de realidad eficiente no hay posibilidades de atracción ni de deseo.

Por supuesto, la polaridad progresismo-conservadurismo es inherente no solo a las visiones políticas, sino a toda manifestación de la vida. El punto es si esas visiones evolucionan o se cristalizan, si la necesidad de sostener creencias (porque hice identidad personal en ellas) prevalece sobre la percepción de los hechos.

Ya sea desde el progresismo o el conservadurismo, cuando una percepción de la realidad se organiza en ideas que permanecen cristalizadas se torna inoperante. Desde la rigidez del dogma, las ideas congestionan la circulación perceptiva, obstaculizan la capacidad de la conciencia colectiva para adaptarse de un modo creativo a nuevas circunstancias históricas, ya sean económicas, sociales o culturales. Desde el encanto del dogma no se ve la realidad, no se responde a los hechos sino que se reacciona a ellos forzándolos a que coincidan con las categorías que impone el relato convertido en verdad absoluta. El dogma -ideológico, religioso, espiritual- se apropia de la realidad y distorsiona la percepción. Y esto ocurre desde visiones progresistas o conservadoras, de izquierda o de derecha.

Visto de este modo, lo patológico no es propiedad de la posición progresista o conservadora, de izquierda o de derecha. La patología es la cristalización, la rigidez de las posiciones. Y en esa patología toda posición se torna reaccionaria. Se puede ser reaccionario de izquierda o de derecha, reaccionario progresista o conservador. La pesadilla no está en lo que dicen las ideas, sino en su dogmatización. Progresismo y conservadurismo, izquierda y derecha, son polos de una dinámica vital, virtuosa, creativa y necesaria. Esos polos no encarnan valores morales absolutos, sino que simbolizan relación: posiciones en vínculo. No puede existir uno sin el otro, la existencia de uno da entidad al otro. La polarización es, en verdad, una ilusión. La conciencia de dinámica de polaridad disuelve la fantasía de polarización. La verdad no es propiedad de un polo. La verdad no se fija en una posición. La verdad circula incesante y nunca termina de darse a conocer.

No podemos reducir la realidad que el presente abre a nuestra percepción al diseño ideológico del mundo que creíamos eficiente hace 50 años. En ese intento generamos distorsión de los hechos actuales y generamos una reacción patológica: negamos los hechos porque no coinciden con nuestro dogma encantador, necesitamos ver una realidad antes que responder a ella, creamos una realidad lesionando lo que percibimos. Ya sea desde la posición progresista o conservadora, nuestras acciones cristalizadas en los diseños ideológicos del pasado resultan reaccionarias antes que creativas. El dogma -progresista o conservador- apresa nuestra percepción, condiciona lo que vemos, inhibe nuestra libertad perceptiva (de un modo inconsciente, con inocencia; de un modo consciente, con perversión). Liberados de dogmas surge la oportuna creatividad, ya se trate de posiciones de izquierda o derecha, progresistas o conservadoras.



Una revolución vincular

Liberarnos de la cristalización en posiciones progresistas y conservadoras, de izquierda y derecha, resultaría una auténtica revolución vincular, muy de la mano con el tránsito de Urano al Descendente y, por oposición, a Júpiter natal. Permitiría algo fundamental: descubrir propósitos comunes a ambas posiciones, aspiraciones integradoras capaces de reunir encanto épico y eficiencia, sin renunciar a los matices y sin ceder a la hegemonía de un polo. La experiencia vincular de una visión común de cuáles son los problemas urgentes, el reconocimiento de los desafíos a los que está expuesta toda la comunidad, bajo la evidencia de que el celo por la propia posición política y la exclusión del otro en tanto “enemigo” agrava los problemas y agiganta los desafíos. No se trata de una integración por “ideal de bondad”, sino por concreta y material supervivencia.

Es muy interesante considerar lo que el gobierno de Macri se ha propuesto como las tres directrices o los tres propósitos de su gestión.

De su gestión o de “sugestión”… (Risas).

Bueno, “ambas cosas pueden ser ciertas”… (Risas).

Recordemos:
  • Pobreza cero.
  • .Lucha contra la corrupción.
  • .Unión de los argentinos.
Los tres temas que se propuso el presidente como directriz de su gobierno. No propongo discutir la sinceridad en plantear estos temas. No tengo por qué dudar de las buenas intenciones. Parece evidente que la pobreza se ha reconocido, pero sin que aun sea apreciable su reversión. Es más visible un avance respecto a cierta corrupción estructural -por ejemplo, ligada a la obra pública- que se ha detenido o, al menos, entrado en “estado de latencia”, como también en la acción contra el narcotráfico y la venalidad policial, al punto que la gobernadora de Buenos Aires deba vivir con su familia en un destacamento militar para preservar su seguridad. Y, finalmente, respecto a la unión de los argentinos no podríamos afirmar que la polarización se haya disuelto, ni podemos estar seguros de que no siga siendo estimulada para convocar adhesión.

Seguimos creyendo que es la única manera de ganar las elecciones. Si no polarizo, no gano…

El encanto de la polarización sigue muy vigente. Es muy efectivo a corto plazo, pero se convierte en una trampa que destruye futuro.

Pero no les propongo detenernos en la evaluación de aciertos o errores del actual gobierno respecto a aquellos tres propósitos, sino atender a la evidencia de que pobreza cero, lucha contra la corrupción y unión de los argentinos no pueden ser la conquista de una facción, ni el logro de una fuerza política. No existe ninguna posibilidad de que esas aspiraciones se hagan realidad si no es a partir de una convergencia de fuerzas. Reducir la pobreza, la corrupción y la hostilidad autodestructiva entre los argentinos demanda ser capaces de superar prejuicios o proyectos personales y alcanzar los acuerdos más amplios. Es una tarea titánica que requiere comprometer a todas “las buenas voluntades”, convocar al talento de la mayor cantidad posible de miembros de la comunidad, con el único límite (más allá, es obvio, de los que se autoexcluyan de tal concordancia) de que su amplitud de matices no bloquee y frustre la eficiencia de su ejecución .

La percepción de este imperativo de convergencia y acuerdo -en respecto de las diferencias y sin imposición hegemónica de una facción- sería una verdadera revolución vincular en sintonía a lo que Urano en tránsito por la casa VII de Argentina anuncia.

Para que sea así debería provenir del alma de la sociedad…

Sí. Debería ser efecto de un movimiento en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Por eso digo que, con este tránsito, lo revolucionario en el modo de vincularnos sería reconocer al otro como parte fundamental del logro de esas aspiraciones, en tanto percibamos que también las comparte con nosotros, más allá de diferencias de ideas, modos o gustos. Liberarnos de los prejuicios desde los que juzgamos y negamos al otro, asumir la necesidad de un acuerdo si realmente queremos afrontar con éxito los desafíos que se presentan en este momento histórico, y reconocer al otro con todos los defectos y limitaciones que tiene.

También es asumir el hecho contundente de que si no hacemos esto es porque entonces realmente no nos interesa eliminar la pobreza, la corrupción ni la división entre argentinos…

Y ahí vamos a otro golpazo con la realidad…

Ya tendríamos que saber que con esos golpazos terminamos siendo susceptibles al encanto redentor de un nuevo líder providencial.

La democracia actual surgió en polarización con los militares, en los que pusimos todo el mal y que también son expresión de nuestra comunidad. Despertamos a los valores democráticos desde una polarización…

Con Plutón en tránsito por la cúspide de la casa IV de Argentina en 2016-2017 estamos asistiendo a la polarización constitutiva de la democracia que nació cuando Plutón cruzó el Ascendente en 1982. El ciclo de Plutón es el ciclo de nuestra democracia.

Para nosotros es muy tentador polarizar. Que los logros sean de una facción que encarna el bien en lucha contra otra que encarna el mal. Facciones políticas, de ideas, de clase, de raza, de religión. Que los méritos sean de nuestro líder adorado, gracias a haber derrotado a sus enemigos. Por eso, es crucial ser conscientes de que si una facción pretende eso es casi predecible el fracaso. El encanto de la polarización es muy poco eficiente.

Otro colapso, otro golpe con la realidad…

El hámster en la ruedita… También es la evidencia de que nuestras comprensiones en los procesos individuales no se corresponden con la lentitud desesperante que muestran los procesos colectivos. A escala individual la conciencia no progresa con gran rapidez, pero los procesos colectivos son “de carreta”. La sensación de estar repitiendo en lo colectivo es muy frustrante. Y es lo más habitual.

(Continúa en “Argentina 2017 (IX): Del anhelo de justicia al compromiso de sanación”).



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lunes, 13 de noviembre de 2017

Argentina 2017 (VII): La conciencia de la épica revolucionaria

Argentina 2017 (VII): 
La conciencia de la épica revolucionaria


Alejandro Lodi

(Noviembre 2017)

(Viene de “Argentina 2017 (VI): El surgimiento de un sentido y la necesidad de creer”).






El ciclo jupiteriano que se inicia en 2017 es sincrónico con otro tránsito relevante: el de Urano por la casa VII de la carta de Argentina. La nueva dirección, el sentido que emerge y la confianza en el futuro (Júpiter por casa I) coincide con un tiempo de cambio en el modo de vincularnos –entre los argentinos y con el mundo- y de evaluación consciente de ciclo uraniano iniciado en 1974 (Urano por casa I).

Conciencia es ver, es “darse cuenta”, es un presente que resignifica el pasado, un ahora revelador. La fase VII de todo proceso simboliza un momento para hacer conciencia de lo que se ha desarrollado desde el inicio, para ver lo que hasta ahora no era posible ver, tomar responsabilidad entonces de aquello que ahora se conoce y comprender lo que hasta ahora no podía ser comprendido. La fase VII de un ciclo representa una pérdida de inocencia, una toma de responsabilidad y un desafío de comprensión. Es decir que, además de anunciar hechos inesperados, una suspensión o vacío de formas conocidas, y cierta inestabilidad en nuestras relaciones internas y externas, Urano en tránsito por la casa VII también representa el clima oportuno para desarrollar conciencia acerca del destino del espíritu revolucionario que emergió en nuestra comunidad cuando Urano cruzó el Ascendente en 1974. El anhelo progresista y la visión innovadora gestada en los ’70 ante un salto de conciencia.

Un mes antes de morir, Perón protagoniza con los Montoneros un auténtico ritual arquetípico, mitológico, trágico. Sincrónico con el tránsito exacto de Urano al Ascendente, ante el reproche de la juventud revolucionaria al líder patriarcal, “el padre devora a sus hijos”. Creo que la plaza del 1ro de mayo de 1974 representa una experiencia tan conmocionante y horrorosa, que aún la conciencia colectiva no puede hacer un proceso de lo que allí ocurrió. Es un trauma vivo, sobre todo en esa generación. Prevalecen interpretaciones políticas de ese hecho terrible, no el contacto emocional con la tragedia. Los hijos violentos que habían sido bendecidos por el padre porque “la violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia” habían comenzado a cuestionar, con esa misma violencia, la autoridad del padre. Le reclaman un espacio de decisión que no les está siendo dado. Le reprochan su preferencia por otros hijos que representan a sus enemigos: la rama sindical, la “derecha” del movimiento. Y el padre elige. Esto es lo que aún no puede ser visto. El padre, sin la menor ambigüedad, toma una decisión indudable y evidente. El padre descalifica -en público- a los hijos revolucionarios, los acusa de traidores, pone como ejemplo de fidelidad a los otros hijos “que han visto caer a sus dirigentes muertos” (Rucci había sido asesinado por Montoneros nueve meses antes), y anuncia la hora de que “suene el escarmiento”, con el fundador de la Triple A aplaudiendo fervorosamente a su lado. No hay forma de no ver lo que estaba pasando en esa trágica escena; sin embargo, esto aún no se puede ser visto. Se recuerda ese momento como “el día que Perón echó a los Montoneros de la plaza” y que los trató de “estúpidos e imberbes”, lo cual es reducirlo a un acontecimiento casi naif. Ante el espanto que representa, las lecturas politizadas actúan como narcótico. Todavía hoy muchos testigos presenciales (que fueron, incluso, víctimas de las represalias profetizadas en ese ritual) mantienen una posición políticamente estratégica y le adjudican el significado conveniente: Perón estaba viejo y medio gagá, era manejado por López Rega, que hay que tomar en cuenta el contexto histórico, etc., etc., etc.

Pero aún así no puede eludirse la dimensión trágica…

Aun así es trágico. Si somos conscientes de esto, si la suficiente masa crítica de la conciencia colectiva realmente lo viera, entonces no se podría hoy sostener aquellas justificaciones -revestidas de interpretaciones sagaces y políticamente estratégicas- sin entrar en brote psicótico en ese mismo instante, porque se estaría negando de un modo patológico la evidencia de un hecho: el padre por quien declamo dar mi vida es quien ha dictado mi propia sentencia. Es la patología que refleja aquella recordada imagen de Osvaldo Soriano en su novela “No habrá más pena ni olvido”: un joven ejecuta a otro y ambos gritan al mismo tiempo “¡viva Perón!”.

El ciclo de Urano de 1974 comienza con “Saturno devorando a sus hijos”, la desafiante violencia del espíritu revolucionario provocando la reacción más cruel de la autoridad conservadora.

Lo que propongo es observar la trama psicológica de los procesos políticos. Y esto es muy difícil. Todavía no podemos reflexionar y meditar en profundidad sobre esa escena de nuestra historia porque aún prevalece el encanto (o el mecanismo de defensa) de la trama ideológica del suceso. En realidad, después de 40 años, la discusión ideológica debería aburrirnos; sin embargo, adheridos emocionalmente a una posición política en la que hemos hecho identidad personal, nos encendemos de inmediato en definir “de qué lado estás”.

Por eso, creo que es crucial atender a la trama psíquica de los procesos políticos. Los procesos políticos tienen un factor psicológico desde el cual, desde mi hipótesis, emergen las ideas, los relatos, las posiciones fijas con la que estamos confrontando todo el tiempo. Nos peleamos desde reacciones a síntomas, nos polarizamos por efectos epidérmicos, sin ver la raíz psíquica de las posiciones, ni la complejidad del proceso profundo. Incluso, podemos usar la astrología a favor de posiciones ideológicas personales; para mí sería una profanación, como desperdiciar algo muy valioso. O podemos usar la astrología para ir más profundo, a una capa más compleja y más honda de la real motivación y causa de los fenómenos. La ideología promueve el encanto de que los fenómenos responden a la voluntad personal, de modo que si queremos cambiar la realidad basta con “ponernos las pilas”, sumarnos al colectivo políticamente correcto que corresponda y tomar por asalto el palacio y conquistar el poder. En cambio, si vemos la trama psíquica comprobamos que las transformaciones reales no responden a la voluntad personal de individuos iluminados, sino a la intrincada pulsión del inconsciente colectivo de una comunidad. Atender a estos procesos inconscientes nos permite ver que si actuamos desde la voluntad entramos fatalmente en un patrón de repetición; y sólo cuando esta recurrencia arquetípica llega al hartazgo es que la conciencia colectiva puede ver la trama psíquica implicada.

La única forma de salir de la pesadilla de la repetición es que se haga evidente la trama psíquica. En el encanto de lo ideológico, en la fascinación de la voluntad, en la alucinación del yo, perdemos contacto con la motivación transpersonal que tienen los sucesos. Y es allí que podemos entrar en una discusión eterna acerca de si “Perón era bueno” o “Perón era malo”.

Y ambas cosas pueden ser ciertas… (Risas).

Por supuesto. Ahora lo que podemos ver es que la voluntad de líder, por más estadista que sea, es desbordada por la trama psíquica. La trama psíquica termina desbordando la voluntad del líder. Más tarde o más temprano, deja de ocurrir lo que el líder pretende, la realidad expresa una complejidad (y una riqueza) que supera el control de la voluntad iluminada. Por supuesto que la voluntad personal del líder puede imprimir direcciones, pero el proceso de fondo es del alma de la comunidad, no el de la personalidad de la comunidad. Nuestras discusiones son acerca de la personalidad hasta que nos hartamos y comenzamos a preguntarnos por algo que desborda nuestras construcciones ideológicas.

(Continúa en “Argentina 2017 (VIII): La polarización entre encanto y eficiencia”).


martes, 10 de octubre de 2017

Argentina 2017 (VI): El surgimiento de un sentido y la necesidad de creer

Argentina 2017 (VI): 
El surgimiento de un sentido y la necesidad de creer


Alejandro Lodi

(Octubre 2017)

(Viene de “Argentina 2017 (V): La revolución del acuerdo”).


Vivimos momentos en los que Júpiter transita sobre el Ascendente en Libra de la carta de Argentina y retorna a su posición natal. Es decir, la cualidad que simboliza Júpiter adquiere protagonismo, predomina en la vivencia de los acontecimientos, despierta -al menos potencialmente- en la conciencia colectiva, al mismo tiempo que toma cuerpo e inicia un ciclo que se desarrollará en los próximos 12 años.





Sabemos que, en astrología, Júpiter representa a “el gran benefactor”, en sentido que facilita el despliegue de los procesos, genera un clima de fluidez, de confianza y, por lo tanto, de abundancia. Propicia una sensación de haber dejado atrás las crisis, de salir del conflicto. También es el planeta de la dirección oportuna y el sentido estimulante. Júpiter contagia el espíritu de aventura, la fe en un proyecto orientado a “vivir mejor” que parece posible, válido y verdadero.

Es el que te hace ganar la lotería… (Risas).

O dar por descontado que la vas a ganar… sin haber comprado el billete… (Risas). En astrología mundana, se lo asocia al estamento judicial, el clero y al mundo financiero e industrial, como agentes de lo justo, del bienestar espiritual y del crecimiento y la prosperidad económica.

Podemos acordar que, tanto el tránsito de Júpiter por el Ascendente (inicio de un ciclo por las casas) como el retorno a su posición natal (inicio de un ciclo respecto a sí mismo), marcan tiempos de un significado relevante. Un momento propicio para que sintamos la existencia de una guía orientadora, un sentido expansivo que cobra coherencia, un viento a favor que nos confirma en una dirección oportuna. No necesariamente implica una sensación de bienestar, sino de ir hacia la resolución de los problemas, la confianza de estar en buen camino.

Por cierto, suena muy lindo. Pero también sabemos que en nuestras humanas vivencias los símbolos astrológicos pueden encarnar paradojas, Sobre todo si, aplicado a este caso, recordamos que nuestro Júpiter está en Escorpio. Por eso, como en este año 2017 estamos atravesando ese clima astrológico, antes de predecir una próxima y fatal bonanza, evaluemos los hechos de nuestra historia sincrónicos a estos tránsitos de Júpiter.

El anterior cruce por el Ascendente fue en 2005.




¿Qué ocurrió en 2005? Cristina Kirchner derrota en las elecciones legislativas de Buenos Aires a Chiche Duhalde, el peronismo se alinea con el presidente Kirchner y nace el “kirchnerismo”.


Néstor Kirchner adquiere una dosis importante de poder, que hasta ese momento no tenía, y nace un proyecto hegemónico. Es desplazado un exitoso ministro de economía, Roberto Lavagna, que había sido heredado de muy buena gana del gobierno de Duhalde. Se altera una continuidad surge una dirección nueva, con un nombre propio y una intención fundacional. La fuerza de ese nuevo sentido orientador prevalece en las siguientes dos elecciones presidenciales (2007 y 2011). Una visión muy específica y particular de la democracia, con una filosofía (sintetizada en las teorías de Ernesto Laclau) que valora acentuar las diferencias sociales y polarizar las posiciones políticas como modo efectivo de concentrar poder en la figura de un líder providencial de autoridad incuestionada. La lógica de la guerra aplicada a las relaciones internas de la comunidad, el patrón vincular de la polarización (aliado o enemigo, patria o antipatria), en el que una facción encarna los valores de la totalidad de la nación, por sobre el reconocimiento del otro y el respeto de las diferencias (pilares de la convivencia democrática).

En octubre de 1993 Júpiter cruza el Ascendente y en noviembre hace su retorno.



El proyecto de transformación económica del presidente Menem se confirma con un triunfo en las elecciones legislativas (42% a 30% a nivel nacional). Con ese voto de confianza, se consolida el “menemismo”. Todo el peronismo se encolumna detrás de su liderazgo y Menem presiona para lograr una reforma constitucional que permita su reelección.




En diciembre firma el Pacto de Olivos con Alfonsín, quien, ante la irreversible situación, cree que el acuerdo de reforma le permitirá introducir artículos que limiten la tendencia hegemónica (casi monárquica) que podría adquirir la nueva Constitución si se la promulga de manera unilateral. La confianza popular en la dirección que Menem le da a su administración a partir de ese momento es tan alta que es reelecto en 1995 (50% a 29%). Eran tiempos en los que el debate político giraba alrededor de quién era el auténtico responsable del -casi indiscutido- éxito económico (¿Menem o Cavallo?). La fe en “la convertivilidad” condiciona las elecciones de 1999: De La Rúa, el candidato de la Alianza (radicales y progresistas), triunfa bajo la promesa de mantenerla. Y aun después del colapso de esa política económica en 2001, los débiles ecos de la impronta de confianza que había dejado Menem en los ’90 fueron suficientes para triunfar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2003, pero no para afrontar el ballotage (25% a 22%). Sirva este ejemplo histórico para no despreciar con valoraciones ideológicas lo que los hechos evidencian como una realidad psíquica y energética: en 2003 Menem aun inspiraba confianza y sensación de que “podía conducirnos por la buena senda” en un cuarto de los votantes, sin que ningún otro candidato supiera proponer algo que la superara.

El anterior tránsito de Júpiter sobre el Ascendente y de retorno a su posición natal se da entre noviembre de 1981 y junio de 1982.


Un colapso de sentido y una crisis de fe. ¿En qué? La fe en la casta militar como reserva moral de la nación. El colapso es aún más catastrófico porque se suma los tránsitos de Saturno y Plutón en conjunción sobre el Ascendente y Júpiter. Recordemos que Argentina es Júpiter en Escorpio: el sentido que brota en las situaciones extremas, la visión orientadora que emerge del descenso a lo oscuro. La evidencia de los horrores de la dictadura y su intento de disolverlo apelando a la épica nacionalista.




La arrogancia fanfarrona de “Que venga el principito…”.

El exceso de confianza es auto-destructivo… En esa pesadilla se agotan creencias y cobra sentido, dirección y valor el sistema democrático. Este es un punto del que habitualmente no se habla. La llegada a la democracia en 1983, antes que fruto de un proceso orgánico de la conciencia colectiva, es resultado de un episodio patológico de bipolaridad que vivimos como comunidad. En 1982, con diferencia de dos meses, pasamos de una adhesión unánime y de una confianza plena y absoluta en las autoridades militares (hasta el punto de confiarles la suerte de nuestra juventud en una guerra), a su repudio y aborrecimiento más extremo. De vivarlos como héroes, a descubrir que eran perversos asesinos. Eso en dos meses. Si se tratara de la conducta de una persona, creo que le recomendaríamos acudir a un especialista, a reforzar el tratamiento terapéutico, incluso a no dudar de recurrir a fármacos, porque nos resultaría evidente el desborde y la pérdida de contacto con la realidad. Es un episodio que revela una euforia y una caída demasiado pronunciada.

Una plaza llena extasiada, una plaza llena defraudada. De la adoración al engaño…

Insisto, con dos meses de diferencia.

Ser conscientes de esta situación deja en evidencia que la democracia alcanzada un año después era muy frágil y que nuestras convicciones democráticas no podían ser demasiado confiables. Nuestra democracia viene con ese estigma. Y aquí nos salimos de análisis de Júpiter y volvemos al ciclo de Plutón que iniciamos en esa época y que en 2017, con el tránsito por la casa IV, llega a su momento de forma. Que no nos extrañe lo que hoy se hace visible. Estamos asistiendo al momento de forma de la democracia qué hemos generado a partir de aquel episodio bipolar que sufrimos en 1982. Cuando hacemos giros demasiado abruptos no podemos registrar toda la información que está en juego y hacemos inconscientemente un recorte. En momentos traumáticos la conciencia recorta la información, simplifica la situación, para poder organizarse. Es la sombra de la conversión. Cuando súbitamente nos convertimos “en otra cosa”, algo queda afuera del proceso orgánico. Esas conversiones demasiado extremas y rápidas deben encender una alarma. Es posible que en esa conversión no haya sido posible reunir toda la información que está en juego en el suceso traumático, lo cual va a generar sombra.

Vamos al anterior hito. Entre noviembre de 1969 y agosto de 1970, Júpiter cruza el Ascendente y hace su retorno.



El 1ro de junio del 70 aparece asesinado el General Aramburu, luego de haber sido secuestrado. Es el bautismo de la organización Montoneros en la lucha política armada.



Es un momento en el que comienza a cobrar fuerza una visión, una dirección impregnada de una enorme fe, confianza y sentido para la suficiente masa crítica de la comunidad, sobre todo en la juventud y en quienes se reconocían peronistas. El secuestro y asesinato de Aramburu generó un gran impacto, pero no consternación en la población. Aramburu cargaba con el estigma de la Revolución Libertadora y sus fusilamientos. En muchos hubo una sensación de justicia reparatoria, cierto sentimiento de que “por fin había recibido su merecido”. El mismo Perón lo tradujo en esos términos: “la violencia en manos de pueblo no es violencia, es justicia…”.




La dirección violenta que inauguraba la juventud revolucionaria contaba con el aval del padre protector, del caudillo providencial. Se extendió 12 años e incluyó la reacción más aberrante. En el comienzo del siguiente ciclo de Júpiter, en 1983 un gobierno democrático y constitucional, elegido sin fraudes ni proscripciones, decide llevar a juicio a los principales responsables de esa violencia: los jefes de las juntas militares y de las cúpulas de las organizaciones guerrilleras.

El anterior jupiteriano se da en 1958.



Aramburu, el mismo que caerá asesinado 12 años después, le entrega el poder a Frondizi, que llega a la presidencia a través de elecciones en las que se decide proscribir al peronismo, luego de una reforma constitucional.



Aún así, Frondizi despertó cierta esperanza de una nueva dirección, de confianza en alcanzar una armonía y madurez que permita el desarrollo de la sociedad. Incluso, con el guiño de Perón que, desde el exilio, ordenó votar a favor de Frondizi. Un dirigente de alta formación intelectual, con una visión progresista antes que conservadora, llega a la presidencia y despierta la expectativa de iniciar un ciclo de sentido que supere la antinomia entre peronismo y anti-peronismo. Dispuesto a disolver fanatismos y prejuicios ideológicos, alineado con las democracias de Occidente, también mantiene vínculos el mundo socialista. Con motivo de la presencia de Ernesto Guevara en Punta del Este, por la cumbre de ministros de 1961, Frondizi propicia un encuentro de incógnito con él en la residencia de Olivos en Buenos Aires… La historia es conocida, Frondizi es derrocado por un golpe militar en 1962.

Y vamos a cerrar nuestro estudio con el anterior momento jupiteriano. En 1946, Júpiter cruza el Ascendente y retorna a su posición natal. No sé si consideran que pasó algo en 1946… (Risas).



La llegada de Perón a la presidencia y el surgimiento de la figura de Eva Duarte son sincrónicos a este momento jupiteriano de una nueva dirección que imprime esperanza, de un sentido trascendente que contagia fe y entusiasmo.



De la mano de Júpiter, en 1946 la justicia social emerge como bandera de un movimiento político que se autodenomina “justicialismo”. La reparación de viejas injusticias, el reconocimiento y la inclusión de mayorías hasta ahora postergadas, conformaron la base de una visión de nuestro país radiante de vitalidad que adquiere un carácter casi religioso aun vigente.

Desde esta perspectiva histórica, la consideración de estos últimos 6 ciclos de Júpiter quizás nos permita salirnos de las anécdotas coyunturales del presente y apreciar que estamos dando inicio a un nuevo ciclo en 2017 y que se extenderá hasta 2029.





Somos contemporáneos a un momento análogo a los que hemos presentado. Son tiempos en los que se traza una directriz que condicionará lo que ocurra en los siguientes 12 años. A veces ese impulso original se desarrolla y prospera su sentido, en otras se malogra y trunca su dirección.

Ambas cosas pueden ser ciertas… (Risas).

Quiero decir, cuando Júpiter cruza el Ascendente y retorna a su posición natal encontramos hechos y decisiones que marcan un rumbo, una especie de “causa primera” que determina un serie de consecuencias. Todo lo que ocurra a partir de ese momento debe ser consecuente con ese primer movimiento. En 1970, con el secuestro y asesinato de Aramburu, el espíritu revolucionario, el anhelo de la patria socialista cobra una dirección y sentido, del cual la toma de distancia de Perón en la Plaza de Mayo del 1ro de mayo de 1974 es consecuente, el golpe militar de 1976 es consecuente, etc. No quiere decir que la aspiración del inicio vaya necesariamente a concretarse, sino que toda la circulación de ese ciclo de 12 años estará condicionada por aquella línea directriz. Son momentos que marcan épocas. Y es muy interesante apreciar como deja de tener presencia cuando el ciclo termina: el menemismo emerge en 1993 y se convierte casi en “una pieza arqueológica” a partir de 2005, el alfonsinismo surge con el ciclo de 1982 y no sobrevive a 1993, la violencia política parecía inevitable en los ’70 y se agota (o sólo resurge con brotes fugaces) a partir de 1982.

En definitiva, nuestra hipótesis es que el patrón cíclico que vemos operar en el pasado, por correspondencia, también lo hará en el futuro. En este momento, estamos gestando ciertas líneas directrices, visiones que aspiran a realizarse, que operarán en (y condicionarán a) los próximos 12 años; con mucha más fuerza a partir de 2018, cuando Júpiter natal reciba el tránsito de Urano.

(Continúa en “Argentina 2017 (VI): La conciencia de la épica revolucionaria”).


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lunes, 2 de octubre de 2017

Argentina 2017 (V): La revolución del acuerdo


Alejandro Lodi

(Octubre 2017)

(Viene de “Argentina 2017 (IV): Acerca de novedades y prejuicios”)



Hemos considerado el tránsito de Urano a Sol-Luna de Argentina, pero no es la única incidencia uraniana relevante del momento. En 2017 transita la cúspide de casa VII, en oposición a Júpiter, que transita la cúspide de la casa I. Es decir, en 2017 Urano transita el Descendente mientras hace oposición a Júpiter, que transita el Ascendente en Libra de Argentina.



Que Júpiter y Urano se opongan en el cielo no es un hecho tan peculiar. Ocurre cada 13-14 años. Lo que sí resulta altamente relevante es que esa oposición se dé en el eje I-VII, mucho más si se trata de un Ascendente en Libra.

¿Qué significa la casa VII en astrología mundana? De acuerdo con los textos clásicos, las relaciones exteriores, el vínculo con otras naciones, el estado de las relaciones internas de la sociedad, el encuentro de las diferencias o el efecto desintegrador de las mismas, la armonía cooperativa entre grupos diversos tanto como las organizaciones antisociales y los enemigos públicos, los matrimonios y los divorcios. Tal como en la astrología aplicada a personas individuales, la casa VII refiere al vínculo con el otro.

Que Argentina sea Ascendente en Libra implica que el encuentro con el otro es, además, un aprendizaje de destino. No nos resulta natural, no representa un talento espontáneo, sino que simboliza la irrenunciable convocatoria a un don incómodo. Nuestro país tiene como destino abrirse al encuentro con el diferente, no con el semejante. Un alto desafío para nuestra naturaleza canceriana, que prefiere permanecer refugiada con los propios, que solo tolera vincularse con lo que es familiar, con quien compartimos memoria, pasado y pertenencia. El Ascendente en Libra nos propone reconocernos en el otro y descubrirnos -sobre todo- en el enemigo… No desesperemos. Seamos optimistas. En 2.000 ó, a lo sumo, 3.000 años lo vamos a aprender… (Risas).

El tiempo necesario para descubrir el beneficio de la vincularidad… 

Exacto. Gracias a la oposición que los otros nos presentan podemos sorprendernos con dimensiones desconocidas de nosotros mismos, talentos que no se revelarían si permaneciéramos vinculados con lo conocido. Tiene que ver con ese concepto oriental del “honorable enemigo”. Antes que entregarnos al anhelo de eliminarlo, reconocer al enemigo como una necesidad virtuosa. Nuestro aprendizaje de Libra -como ya lo hemos visto- se choca mucho con lo canceriano, con el sentimiento de pertenencia cerrada, con la seguridad de los grupos y la fidelidad familiar. Esta resistencia canceriana se reproduce en nuestra conducta política de desprecio a la posición del otro, de subordinación a la voluntad de caudillo paternal-maternal, de devoción por el líder providencial y carismático, de prepotente búsqueda de una hegemonía por la cual la totalidad quede subsumida (y reducida) a la visión de una facción. (*)

Recordemos que, en realidad, somos Ascendente en Libra y Júpiter en casa I: destino de encuentro con el otro y confianza en la aventura de expansión del conocimiento, de sentirnos atraídos a ir más allá de lo conocido. Y este carácter del espíritu de nuestra comunidad es el que está estimulado por el tránsito de Júpiter y Urano sobre la cúspide casa I y casa VII respectivamente.


Vivimos tiempos en los que es legítimo y oportuno plantearnos una liberación de viejos hábitos de relación, de romper con costumbres tóxicas en nuestro trato cotidiano, de dar una salto de creatividad en modos vinculares agotados. Todo eso es símbolo del tránsito de Urano sobre la cúspide de casa VII, tanto como que los vínculos pueden “volverse locos”, manifestar extravagancias, marginalidades o hábitos de clandestinidad que parecen resistir toda integración. El tránsito, en simultáneo, de Júpiter sobre el Ascendente estimula la confianza en ampliar nuestra visión, resignificar valores y asumir creencias más comprensivas, renovar las ideas compartidas a favor de abrir un sentido trascendente a nuestros conflictos más regresivos, atávicos y dolorosos. Este tránsito también puede implicar, por cierto, una simplificación optimista, incapaz de dar cuenta de la complejidad de la situación, o un voluntarismo ingenuo que no sepa registrar los traumáticos condicionamientos de nuestro inconsciente colectivo.

¿Qué significa ampliar nuestra visión o renovar creencias e ideas compartidas?

Júpiter tiene que ver con la justicia, más precisamente con el espíritu de la leyes. De la mano con Urano, la justicia puede mostrar un comportamiento sorpresivo, novedoso y creativo. Es un clima propicio para una renovación de las leyes en función de ajustarlas a principios orientadores y que aportan un nuevo sentido. Incluso puede tratarse de una reforma de la propia Constitución, impulsada a favor de nuevas aspiraciones de nuestra comunidad, compartidas y consensuadas por la plena mayoría y con respeto a la diversidad de matices. Una nueva carta magna que refleje reglas de juego funcionales a una visión de futuro y que dé testimonio de una auténtica revolución del acuerdo.

¿Qué puntos podría incluir ese gran acuerdo?

Podemos jugar con algunos ejemplos. A mí se me ocurren tres. Con eso me conformo… (Risas).

1) Desconcentración del poder. El Ascendente en Libra nos propone una forma de relación democrática, mientras que desde nuestro carácter canceriano-capricorniano preferimos mucho más una modalidad pre-democrática: el caudillismo (con su resonancia en el presidencialismo). Nuestra sociedad es mucho más feudal que democrática. Quizás no lo sea en Palermo Soho o en Puerto Madero (¿no lo es?), pero la situación de algunas (¿la mayoría?) de las provincias o del puntero político en el conurbano de Buenos Aires, reproduce formas propias del feudalismo, antes que de la democracia. Nos cuesta mucho asumir el espíritu de la democracia, ni que hablar de sus reglas. El caudillismo reproduce un diseño vertical: el poder se concentra en una voluntad (personal o de grupo). El poder no circula, se impone. Prevalece la fuerza por sobre la razón, la voluntad del caudillo por sobre la ley, la hegemonía por sobre la persuasión o el consenso.

Nos cuesta mucho desprendernos de hábitos del siglo XIX, y ya estamos en el XXI. Quizás resulte una exageración mía, pero cada vez siento más el anacronismo, la distancia que hay entre ese modo -cómodo y regresivo- de organizarnos socialmente propio de sociedad pre-democráticas, y los desafíos de la sociedad del siglo XXI ligados a la hiperconectividad, el vértigo de la tecnología y su alteración en los modos de producción y de propiedad. La gran revolución que nos propone estos tiempos refleja en el actual -y local- tránsito de Urano por la casa VII: romper el hábito -a veces opresivo, a veces relajado- de que otro nos organice la vida, de que otro sepa lo que necesitamos y nos lo brinde, de quedar sujetos a otro que toma la responsabilidad de nuestra existencia.

2) Impedir el nepotismo. Con Urano por la casa VII quizás sea un buen momento para que nos empiece a parecer raro que a un presidente, gobernador o intendente lo suceda la esposa (o el esposo o el hermano o el hijo), o que una persona que es elegida para ocupar un cargo del Estado nombre a miembros de su familia en la función pública, o beneficie a personas de su amistad con decisiones administrativas o adjudicaciones de obra. Se trata de un hábito monárquico: la pretensión de que el destino de una comunidad quede asociado al de un clan familiar.

3) Limitar la reelección de los cargos ejecutivos. La perpetuidad de una persona en funciones de poder deriva en sensación de impunidad y genera vicios de corrupción. Ya se trate de la presidencia de un país, de una corporación empresarial, sindical, deportiva o lo que fuera. La limitación de los mandatos es un gesto de madurez cívica, de autorestricción a favor de la transparencia. Es seguro que las voces más resistentes a esta conciencia denuncien que se está “proscribiendo a personas”, pero no se trata de una medida específica contra una persona, sino de la percepción de un patrón universal: el humano anhelo del individuo a perpetuarse, la cristalización de las formas, con su consecuente pérdida de creatividad vincular y fatal destino autodestructivo. Con Urano en tránsito por la VII podríamos revisar la tendencia de nuestros presidentes que, cuando se consideran exitosos, de inmediato comienzan a proponer reformas constitucionales que les permitan eternizarse en el poder.

En EEUU son dos períodos presidenciales consecutivos y luego el retiro…

Y no creo que lo hagan por idealismo sino porque su experiencia les indica que de ese modo el sistema se fortalece. Si el poder se concentra en una figura o en un clan, aunque a corto plazo parezca más efectivo, a mediano y largo plazo genera hábitos de corrupción que terminan atentando contra la continuidad del sistema. Para que el sistema se reproduzca de un modo saludable es necesario autolimitar la tendencia a concentrar en poder. No es filantropía, sino defensa propia. Se trata de que la conciencia colectiva de una comunidad descubra y asuma que en la concentración del poder, el nepotismo y la perpetuidad en los cargos se genera toxicidad vincular, corrupción institucional y riesgo autodestructivo.

Creo que estamos lejos de esa comprensión. Hay muchos políticos que no quieren saber nada con cambiar esas costumbres históricas. En nuestro país hay familias que se repiten en el poder desde la época de la independencia…

No es el hábito de una familia en particular, ni tampoco podemos identificarlo con una facción política. Es transversal. Es una tentación humana a la que nuestra comunidad es muy sensible. Es un rasgo constitutivo de nuestra nación el que debe evolucionar. Cuando la conciencia de su toxicidad alcance suficiente masa crítica quizás surjan los líderes con talento de estadistas (es decir, que vean más allá de lo conveniente a corto plazo). ¿Estamos en condiciones de generar hoy estadistas con la madurez de autolimitar su poder, líderes que cuenten con gran reconocimiento popular a su labor y que, no obstante, desistan de ser considerados providenciales y eternos?

(*) Ver “Argentina 2017 (I): Afectivos, ilustrados, fascinados”.


(Continua en “Argentina 2017 (VI): El surgimiento de un sentido y la necesidad de creer”).

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viernes, 29 de septiembre de 2017

Argentina 2017 (IV): Acerca de novedades y prejuicios


Alejandro Lodi

(Septiembre 2017)

(Viene de “Argentina 2017 (III): Violencia, transformación y patología”).



Hemos visto los tránsitos de Plutón a casa IV, Sol y Luna de la carta de Argentina. Vamos a considerar ahora otro clima astrológico trascendente de este momento de la historia: Urano en tránsito a Sol y Luna natales.



Las últimas elecciones presidenciales se llevaron a cabo bajo clima uraniano. ¿Qué significa esto? Tiempos que anuncian cambio, renovación, acontecimientos súbitos que alteran la normalidad, hechos imprevistos e insólitos que afectan a Sol (figuras gobernantes, jefes de Estado, ministros y altos funcionarios de la justicia) y Luna (pueblo, democracia y la participación de la mujer). Momentos en los que es posible que ocurra lo que no esperábamos, algo que no resultaba previsible, que nos sorprenda, y que tenga que ver con esas temáticas solares y lunares. Que sea una buena o mala sorpresa es algo que está fuera de lo que podemos prever (la astrología es, recordemos, amoral).

Este suceso astrológico es sincrónico con la muerte del fiscal Alberto Nisman (18 de enero de 2015). De confirmarse su asesinato, se trata de un hecho de máxima gravedad institucional, de un magnicidio. En el contexto uraniano, ese acontecimiento trágico y sorpresivo no puede ser evaluado por la conciencia colectiva desde sus criterios y valoraciones habituales, sino que obliga a un salto de percepción porque abre a una realidad desconocida. Creíamos que la realidad era una, pero ese suceso uraniano nos muestra otra, nos expone a nuevos significados y revela la disfuncionalidad de nuestros juicios para responder a esa nueva realidad. La muerte de Nisman altera la consideración que el pueblo (Luna) tiene de las figuras gobernantes (Sol), torna anacrónicas ciertas miradas y opiniones, tanto que permanecer en ellas comienza a resultar patológico (una descripción delirante de la realidad). Aunque su golpe súbito pueda dejarnos aturdidos, Urano siempre es un oportuno rayo de discernimiento, un “darse cuenta”.

La muerte del fiscal Nisman todavía nos deja en vacío uraniano. Y nos obliga a dar cuenta de la cada vez más evidente actuación de ese oscuro subsuelo de nuestra sociedad del cual nunca tenemos suficiente claridad, que viene desde muy lejos y ha sabido subsistir en nuestra democracia: el sórdido tejido de los servicios de inteligencia. El espionaje estatal y sus secretas operaciones componen una trama que excede absolutamente nuestro conocimiento, que opera en nuestra comunidad sin que lo sepamos y sin que ningún gobierno haya podido (¿querido?) desmantelarla desde 1983.


Al mismo tiempo, en ese contexto uraniano se dan los comicios presidenciales de 2015. En elecciones libres, legítimas y sin proscripciones, vence una facción política nueva, distinta a los dos partidos que se habían alternado en los triunfos electorales del último siglo. Parece evidente que, más allá de que nos guste o disguste, ocurrió la sorpresa, lo que no era previsible que sucediera. Pocos creían que podía darse ese resultado. Incluso ningún astrólogo lo predijo. Mauricio Macri triunfa en el ballotage y, sobre todo, María Eugenia Vidal es elegida gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Esos acontecimientos adquieren el carácter de “uranianos”, nos exponen a lo que “no podría haber ocurrido” y, por lo tanto, nos deja “en el aire”. En ese estado de suspensión de certidumbre, en esa situación en la que no podemos comparar lo que sucede con nada conocido, surgen dos tipos de respuesta: abrir la posibilidad de lo nuevo (es decir, tomar ese vacío de referencias conocidas como un desafío de creatividad), o sucumbir a la angustia (aferrarse a lo viejo y llenar el vacío con prejuicios).

Siendo un país con Sol en Cáncer, el vacío de referencias que propone la oportunidad creativa puede llenarnos de angustia y miedo…

Exactamente. Ante la aparición del hecho sorpresivo que nos deja sin referencias, si sostenemos ese vacío, puede ocurrir lo nuevo. Si, en cambio, no toleramos ese vacío, vamos a significarlo desde juicios absolutamente anacrónicos. Es decir, desde el miedo y la angustia no nos permitimos percibir qué es lo que está ocurriendo, sino que, para calmarnos, de inmediato lo clasificamos en categorías ya conocidas; de este modo, lo nuevo no es nuevo, sino que “ya ocurrió lo mismo en el pasado”.

Por cierto, como venimos diciendo “ambas cosas pueden ser ciertas…”. Puede ser que lo está ocurriendo no tenga nada de nuevo y que repita una forma del pasado. Es una posibilidad. Pero también puede ser que estemos viviendo algo distinto, que no encaje con categorías del pasado, y que esté desafiando a nuestra intuición creativa. Invoquemos al “mantra anti-polarización”… (risas). En cuanto aparezcan las posiciones fijas que dicen “¡sí! ¡está ocurriendo algo nuevo!” y “¡no! ¡es lo viejo!”, repitamos “ambas cosas pueden ser ciertas”.

¿Cómo podría haber sido significado este clima uraniano con otro resultado en las elecciones? El triunfo de Scioli acaso hubiera repetido una fórmula que ya hemos experimentado -con poco éxito y consecuencias finalmente trágicas- en el anterior tránsito de Urano al Sol-Luna de Argentina (entre 1971-1973): en lugar de “Cámpora al gobierno, Perón al poder…” hubiera sido “Scioli al gobierno, Cristina al poder…”. Lograr que el presidente elegido en las urnas no coincida con la figura que controle el poder puede verse como un gesto de creatividad política… o como una trasgresión del contrato electoral y una disociación -un tanto perversa- de la realidad. Por cierto, la creatividad y la trasgresión (o disociación) resultan dos modos bien distintos de vivir la energía uraniana.


Lo nuevo y distinto no siempre es creativo. También puede resultar regresivo. Pero siempre es irreversible. Luego de los tránsitos de Urano las cosas no vuelven a ser como antes. En nuestra historia del siglo XX, los climas de Urano al Sol-Luna de Argentina marcan fechas de alteración, de cambio, sin posibilidad de vuelta atrás, respecto a la relación entre el pueblo y sus figuras gobernantes:
  • 1931-1932: Ruptura con el orden institucional basado en la Constitución y vigente desde 1853. Golpe militar y aval judicial (acordada de la Corte Suprema de Justicia).
  • 1952-1954: Segundo mandato de Perón. Intento de un nuevo orden institucional basado en la Constitución de 1949. Polarización extrema, violencia política.
  • 1971-1973: Retorno y tercera presidencia de Perón. Surgimiento y auge de organizaciones armadas revolucionarias y contra-revolucionarias. Polarización extrema, violencia política.
  • 1992-1993: Primer gobierno peronista luego de la muerte de Perón. Cambios en la economía y el tejido social. Trágicos atentados contra la comunidad judía. Se acuerda una reforma de la Constitución para permitir la reelección presidencial.


Desde 2015 a la fecha nuestra comunidad vive un momento análogo a esos tiempos históricos. Quizás podamos compartir algunos apuntes y meditar sobre ellos.

¿En dónde podríamos percibir la manifestación de este clima uraniano de pérdida de referencias conocidas, de alteración de la continuidad con el pasado, y de oportunidad de cambios y saltos creativos.

Primero, no es fácil ubicar la identidad política de la agrupación gobernante en las conocidas categorías de “izquierda” o “derecha”. O al menos introduce algunas paradojas. El perfil social de la mayoría de sus representantes (empresarios, ejecutivos, profesionales) permitiría adjudicarle al actual gobierno una visión conservadora (es decir, de “derecha”). No obstante, su práctica de la política lo acerca a una visión liberal democrática: respecto por las instituciones, la división de los poderes, la libertad de expresión, ausencia de exaltaciones militaristas, clericales, de valores tradicionales o de modelos del pasado. En lo económico, hasta el momento, lo que parece proponerse es una política gradual orientada al desarrollo y el crecimiento, antes que el ajuste extremo indiferente al costo social (característico del fundamentalismo conservador). Su propensión a una economía de mercado no ha suprimido una activa participación de Estado, sobre todo en el área social y de obra pública. Parece evidente que la administración Macri no es “la dictadura”, ni la instauración de un “capitalismo salvaje”, lo cual no deja de ser una buena noticia. Si, no obstante, efectivamente lo encuadráramos bajo la categoría de “gobierno de derecha” estaríamos, entonces, frente a una evolución saludable, que muestra una diferenciación creativa que no replica (hasta ahora) los horrores de nuestra memoria histórica, y que nos obligaría a ensayar definiciones paradójicas (¿absurdas?) como la de referir a un “conservadurismo progresista”.

Sin embargo, desde la visión de “la izquierda progresista” (es decir, desde donde se esperaría la mejor disposición para apreciar los tiempos de cambio uranianos), el actual gobierno es idéntico a los anteriores gobiernos “de derecha”, en particular al más trágico: el de la dictadura. Esa visión revolucionaria, fija en su posición, necesita que lo sea. Macri es (tiene que ser) la dictadura. ¿Por qué? Porque necesita conservar esa visión en la que ha hecho identidad gran parte de una generación atravesada por el trauma del más encantador fanatismo idealista y la más horrorosa tragedia de nuestro país. Cristalizados en el dolor, la pasión de la generación de Plutón en Leo (1938-1956) todavía condiciona el discernimiento de la situación del presente y los desafíos de futuro: la actualidad y el porvenir debe coincidir con el pasado. En la otra cara de la paradoja (¿del absurdo?) a la que referimos antes, asistimos a la evidencia de “un progresismo conservador”.

Es “El día de la marmota”. Estamos atrapados. No salimos más. ¿No tenemos alternativa..?

¿Y si descubriéramos que las categorías de “izquierda” y “derecha”, de “progresismo” y “conservadurismo”, ya no resultan relevantes para apreciar el presente ni para contener nuestras intuiciones de futuro, o, al menos, necesitan ser radicalmente resignificadas?

Situaciones que animan a confiar en un cambio creativo (como la acción contra las diversas mafias que actúan en la sociedad) o que nos hacen temer una regresión al pasado (como la no esclarecida desaparición de Santiago Maldonado) pueden excitar posiciones extremas que, al polarizar, no permiten la libertad necesaria para discernir el carácter del presente, en sus valores y en sus limitaciones. El desafío es que cada uno de nosotros tolere esa apertura perceptiva que permita distinguir lo nuevo de lo viejo, lo creativo de lo regresivo, sin cristalizarla en ninguna posición ideológica ni identificarla con ningún caudillo o mesías político. Que ocurra lo creativo o lo regresivo no es mérito o defecto de ninguna idea o persona en particular, sino expresión de la conciencia colectiva que nos reúne e implica.

Por último, en sincronicidad con el tránsito de Urano a Sol-Luna de Argentina y haciendo énfasis en las claves simbólicas de la Luna en astrología mundana (pueblo y participación de la mujer), asistimos quizás a una revolución de las mujeres. Las mujeres en el poder.

Cristina Fernández como la figura más influyente de la oposición. Gabriela Micheti como vicepresidente de la Nación (luego de haber desafiado, en las internas de su partido, el liderazgo del luego presidente). María Eugenia Vidal como gobernadora de la provincia de buenos Aires y con un protagonismo en ascenso. Figuras como Margarita Stolbizer, Graciela Ocaña, Gladys González, Mariana Zuvic, entre otras, con destacadas y efectivas actuaciones en el desmantelamiento de oscuras tramas mafiosas. Mujeres que, además, suman una cualidad excepcional (es decir, uraniana) en la historia de la participación femenina en política: portan sus apellidos, no el de sus maridos… Vale recordar que en el anterior tránsito de Urano a Sol-Luna natal (1971-1973), la uraniana experiencia de que una mujer llegue, por primera vez en la historia, a la presidencia fue en tanto esposa del caudillo fallecido: Isabel Perón.

Pero quizás el rol más desconcertantemente uraniano sea el Elisa Carrió como parte fundamental del actual gobierno. La estabilidad del gobierno está condicionada, en alto porcentaje, a su inestable inclusión. La gobernabilidad y legitimidad de la administración Macri depende de la capacidad para contener esa diferencia, tan riesgosa como enriquecedora.

En nuestra historia política, lo habitual ha sido que ese tipo de diferenciación sea o bien subordinada o sometida, o bien expulsada y exiliada.

Si esto ocurriera, representaría la frustración de una oportunidad creativa: la de que un gobierno muestre la madurez de contener al fiscal de sus actos, de hacer creíble su transparencia incluyendo a quien lo habrá de observar, sin asociar fidelidad con complacencia ni fortaleza con obsecuencia. Nada sencillo, por cierto. Un auténtico salto evolutivo uraniano para nuestro carácter Sol en Cáncer-Luna en Capricornio.

Urano a Sol-Luna natal simboliza la oportunidad de lo nuevo y creativo. No podemos aun convencernos de que esa novedad la represente este gobierno o alguna otra visión que esté abriéndose en nuestra comunidad. Quizás no sea relevante determinarlo. Pero estamos en una situación distinta. En términos saturninos, anómala. Si confiamos en lo que indica la astrología y somos honestos en nuestra percepción (sin falsificarla con creencias previas demasiado próximas a prejuicios), podríamos estar atentos a qué respuesta dan los diferentes espacios políticos a esta situación uraniana. O evaluar qué voces de la sociedad juegan a favor de confiar en la intuición creativa y ser fieles al futuro, o necesitan capturarlas en etiquetas que confirmen que el presente replica el conflicto de la época colonial.

Finalmente, cada tránsito de Urano recrea su polaridad con Saturno (como cada tránsito de Saturno lo hace con Urano): la míticamente viva tensión excluyente entre lo viejo y lo nuevo, la forma conocida que tiende a perpetuarse y la oportunidad irreconocible que irrumpe, la comparación con el pasado y el incomparable rayo de futuro.

Cristalizados en nuestra percepción de la realidad, refugiados en las creencias e ideas en las que hemos hecho identidad, vamos a resistir la emergencia de lo nuevo en tanto no coincida con la visión de la realidad que necesitamos confirmar. Aceptar la novedad implicaría una transformación personal. El yo necesita habitar sus certezas, aun cuando descubra que se han convertido en prejuicios. Necesita que el presente reproduzca la forma del pasado que le otorga identidad. Cuando la percepción comienza a desbordar y contradecir sus creencias seguras, solo cabe una crisis de transformación de la identidad: la muerte a una imagen de sí mismo -forjada en la memoria- a favor de reconocer las cualidades creativas y diferentes que ofrece el presente, y renovar con ellas su propia visión personal y del mundo. Permanecer en lo conocido y seguro, ahogar la novedad para afirmar la continuidad, siempre es una opción, pero que solo conduce a mayor sufrimiento y, en extremo, patologías.

Resulta crucial evaluar qué respuesta prevalece en la conciencia colectiva: la confianza en lo nuevo (no exento de riesgos y fracasos) o el repliegue en prejuicios que fijan la realidad en sus moldes (tan ideológicos como emocionales). No hay seguridad de que aquello que creemos nuevo no termine reproduciendo lo viejo. No queda otra alternativa que ser fieles y honestos con nuestra intuición, ser valientes para disolver nuestros prejuicios, y asumir sus consecuencias.

(Sigue en “Argentina 2017 (V): La revolución del acuerdo”)


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